RIMBAUD, LA COMUNA, Y “LOS FRUTOS DEL DESASTRE”

Graham Robb, el más prudente de los biógrafos de Arthur Rimbaud, afirma que como la Comuna de París de 1871 –liquidada tras seis semanas hace casi un siglo– “supuso una fuente de inspiración para Marx, Lenin, Mao y los estudiantes de mayo del 68, los especialistas conservadores han intentado en numerosas ocasiones poner en tela de juicio las pruebas que permiten afirmar que el poeta tuvo relación con el episodio, ya que, en su opinión, constituye una aberración histórica” mientras que “los críticos de izquierda, al rescatar a Rimbaud para una izquierda que lo necesitaba desesperadamente, han exagerado su participación en ella…”

Lo que sabemos, según Robb, es que enterado de los acontecimientos en París, Rimbaud abandonó su natal Charleville, vendió su reloj y el 25 de febrero de 1871 llegó a la Gare de l’Est y localizó la tertuilia de Jules Vallès, Eugène Vermersch, el dibujante André Gill y Paul Demeny, éste último el contacto del poeta imberbe. Le dijeron que las cosas no estaban como para hospedar y alimentar a un ambicioso soñador de provincias, a lo cual Rimbaud respondió “ahora resulta que París no es más que un estómago”. Desde luego, el joven poeta simpatizaba con las ideas radicales del grupo, pero para Robb, a Rimbaud, como a Gustave Flaubert –aunque en bandos contrarios– les “interesaban” fundamentalmente “los frutos literarios del desastre”. El 10 de marzo, inoportunamente, Rimbaud se cansó de vagabundear por la ciudad asediada, “cruzó las líneas prusianas y echó a andar hacia el este por caminos rurales”. Otra vez en Charleville y con bronquitis, se enteró de las elecciones comuneras del 26 de marzo y regresó a París a fines de abril.

El poeta se divirtió durante la Comuna, antes de la llamada Semana Sangrienta que la suprimió, acaso formando parte de los reclutas vagabundos organizados por los comuneros. Pero decidió regresar a casa de su mamá tan pronto los versalleses empezaron el bombardeo. Horrorizado por la guerra civil o eufórico por el efecto plástico del fuego, Rimbaud le escribió a su maestro Georges Izambard, la famosa carta del 13 de mayo de 1871, donde viene su poema “El corazón robado”. Fue Izambard quien dedujo que el poema contaba, en realidad, la violación de Rimbaud por un grupo de soldados prusianos, aunque para Robb, “estaba poniendo en evidencia que el corazón sangrante y autocompasivo de la poesía romántica era una farsa, una libido prostituida que se disfrazaba de sentimiento sagrado y se creía sus propias mentiras”. La carta finaliza con el inmortal “Je est un autre”, frase que repetirá dos días despues en otra carta a Paul Demeny.

En El surguimiento del espacio social: Rimbaud y la Comuna de París (2008), Kristin Ross, quien desde la crítica literaria marxista ha querido reaccionar contra la logorrea deconstruccionista, coloca no a Rimbaud, admitiendo la escasa documentación que tenemos sobre lo que realmente le ocurrió durante la Comuna de París, sino a sus poemas como sujetos militantes de la causa.

“Je est un autre” quiere decir, para Ross, la asumida inferioridad del artista ante el artesano y no se diga el obrero, así como su experiencia de desplazamiento, su vagabundeo, lo cual, para ella no es una trivialidad porque tanto Rimbaud como el Conde de Lautréamont llevan la épica del siglo XIX hacia la adolescencia, lentos y rápidos a la vez, capaces, como los comuneros, de derrumbar la Columna de Vendôme y dejar intacto al Banco de Francia.

Este Rimbaud situacionista y súper antiburgués tiene la virtud y el defecto de sólo estar construido a partir de sus poemas y cartas, aunque Ross no desaproveche la evidencia de sus amistades de la extrema bohemia, como las del grupo de los zutistas, encabezados por Gill, con quien se juntarán Rimbaud y Paul Verlaine en el otoño siguiente a la Comuna. Para Ross, Rimbaud es el otro camino contra “la fetichización mallarmeneana del texto poético, producto sin producto” que formaliza “la desaparición elocutoria del poeta” y da pie al formalismo vacío de la crítica contemporánea. Así, la deconstrucción y sus antecedentes, para Ross, son aristocratismo.

Pobre Mallarmé: de ser enviado a las barricadas por los maoístas, ahora resulta una suerte de excéntrico Luis de Baviera. En cambio, Rimbaud precede al dadaísmo, a Nicanor Parra, etc., convirtiendo a la poesía en “invectivas, eslóganes, exclamaciones, sátiras, manifiestos”, según los poemas leídos e interpretados por Ross. Las imprecaciones rebeldes de Rimbaud, sin duda, hacen evidente su simpatía por la Comuna, en poemas como “La orgía parisina”, que narra el regreso de los buenos burgueses a París tras la represión, “Las manos de Jeanne-Marie”, su elogio de la mujer obrera o su prosa contra Thiers y su “república monárquica” (la “Carta del barón de Petdechevre a su secretario en el castillo de Saint Magloire”), textos todos ellos escritos poco después de los hechos.

Un reaccionario ante el Altísimo, Léon Bloy, no se vio impedido, en 1905, de compadecerse virulentamente (ambos términos en él no eran contradictorios) de los represaliados de 1871; no pocos antidrefussards, a fines del siglo XIX, consideraban la destrucción republicana de la Comuna como una de las afrentas históricas fundacionales de un antisemitismo que repudiaba al Gran Dinero y a sus agentes en la tierra, los Rothschild. No es casual, como veremos, que un católico como Paul Claudel, antes que cualquier izquierda, quisiese apoderarse de Rimbaud.

Ross hace, desde luego, trampa: no sabemos exactamente qué hizo Rimbaud durante la Comuna pero estuvo allí y sus textos, para ella, son un testimonio vicario de su simpatía suprahistórica por la abolición de la Historia, iniciada con la destrucción de la Columna de Vendôme. Pero si Ross juega con el fantasma del poeta como espejo poético comunero, es curioso que no hable del otro Rimbaud, el que abandonó el siglo, la poesía o la videncia, yéndose al desierto colonial, ya sea a traficar armas o esclavos. Da igual. Le dió la espalda al rebelde de manera terminante, ansioso de hacer dinero. Murió en 1891, en brazos de su hermana Isabelle. En el cuadro piadoso pintado por ella en una carta a su madre, le aseguraba que el poeta había muerto reconciliado con la Iglesia Católica.

La derrota de la Comuna y la renuncia de Rimbaud nada le dicen a Ross, para quien los accidentes históricos no alteran la sustancia filosófica de la Historia providencial. Y como no tenemos más que fragmentos del Rimbaud aventurero, emprededor y ávido de dinero, estamos sin poemas y sin adjuraciones. Ross construye una vida metapolítica a partir de sus textos. Inclusive, de presentarse un Rimbaud del todo reaccionario, como Baudelaire, quien tras las barricadas de 1848 se encontró con Joseph de Maistre y abjuró del Progreso, Ross no se enfrentaría a los hechos: nada negaría el impacto historiosófico, urbi et orbi, de 1871.

Ante la estupefacción de propios y extraños, Claudel elige a Rimbaud, “el comunero, el alcohólico, el crápula, el invertido” –así lo llamaban las buenas conciencias– como guía espiritual. En una carta a Mallarmé de 1897, Claudel le dice que todo se lo debe, después de su conversión, a Rimbaud. A Jacques Rivière, quien será el brillante San Pablo del culto cristiano por el poeta eternamente joven, le insistía Claudel en 1908: Rimbaud ha ejercido sobre él “una influencia seminal” al grado de encontrar “una filiación en el orden de los espíritus como de los cuerpos”.

En 1912, Claudel se encuentra con un colega diplomático que habría conocido muy bien al Rimbaud maduro, en la orilla del Mar Rojo y al poeta de las Cinco grandes odas se le revela, “Rimbaud el africano” como el renunciante del desierto, con “sus pies y sus manos teñidos de henna”. André Gide se preguntará qué hay atrás del silencio claudeliano cuando lo enfrenta, el 19 de noviembre de 1919, a la homosexualidad de Rimbaud, habiendo sido tan severo con la del propio Gide. Rivière, en su impresionante Rimbaud (1930), concluye afirmando no tener derecho a considerar a Rimbaud como cristiano, porque “nada lo prueba” en su poesía, pero aun así, “es un maravilloso introductor al cristianismo”.

Clásico, Rimbaud vale tanto para la lectura marxista como para la lectura católica: para los primeros, debió arremeter contra el Banco de Francia, pero era demasiado adolescente para darle importancia y para los segundos, encontró la salvación por el camino del pecado y durante la Comuna de París quiso arrojar a los mercaderes del templo.

(Christopher Domínguez Michel)

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